Hoy hace un siglo, la cuenca del río Tunguska amaneció con una ensordecedora explosión que mucha gente pudo escuchar desde 800 kilómetros de distancia –la existente entre Barcelona y Jaén–. La onda expansiva arrasó 2.150 kilómetros cuadrados de bosque, una extensión equivalente a la isla de Tenerife. Unos 80 millones de árboles sucumbieron a su embestida y se desplomaron en la dirección de avance del frente. La deflagración calcinó la flora y la fauna de la región, y devastó Vanavara, un pequeño poblado situado a 60 kilómetros. Un hongo de polvo y cenizas se alzó hasta los 15 kilómetros de altitud y originó una lluvia de oscuros copos en toda la zona. Por la noche, un cielo 100 veces más brillante de lo habitual permitió a los habitantes de cientos de ciudades europeas como Londres, Berlín o Burdeos, leer la prensa o tomar fotografías sin luz artificial.
Las convulsiones políticas de Rusia en esa época retrasaron 19 años la primera expedición a la región. Esta estuvo capitaneada por el minerólogo Leonid Kulik. "Cuando Kulik vio por primera vez la magnitud del fenómeno, sintió tal congoja que retrocedió a por más ayuda", narra Salvador Ribas, investigador del Departamento de Astronomía y Meteorología de la Universitat de Barcelona, y director científico del Parc Astronòmic Montsec. "El minerólogo atribuyó el desastre a la caída de un asteroide, pero nunca encontró restos de hierro meteórico", añade.

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