Un entrenador viejo, al borde de la jubilación, de larga trayectoria pero escasos resultados, y traumatizado por haber perdido en el último minuto un título que podía haber sido su mayor logro como jugador, acaba de fracasar nuevamente con su equipo, un conjunto plagado de buenos jugadores pero que lleva más de cuarenta años sin ganar un título y más de veinte sin alcanzar unas semifinales. Discutido por la afición, que le lama pasado, alcohólico y ludópata, está tan desmoralizado que, a pesar de que quiere al equipo con toda el alma y que su gran ilusión de siempre fue legar a entrenarlo, quiere dimitir. Pero el dueño del equipo le convence para que siga. Comienza una nueva competición con resultados desastrosos y vuelve a presentar la dimisión. Nuevamente, el dueño del equipo se opone. Pero el viejo entrenador descubre que no lo hace porque tenga plena confianza en él, sino porque no quiere pagarle lo que le correspondería si se fuera.
A partir de ahí el veterano y decepcionado entrenador, dolido y picado en su amor propio, decide despreocuparse de lo que le digan, no hacer caso a la gente ni a la prensa y ser fiel únicamente a sus ideas.
Fuente: La Página 36 | Seguir Leyendo