Se ha hecho lo que se ha podido.
Esto es la continuación de Lo que hace el aburrimiento.
Habían pasado diez minutos desde que Luna avisó a su padre de lo sucedido, y ya se había organizado un grupo de doce hombres para ir en busca de los pequeños Guille y Rafa. A pesar de que Tomás seguía en estado de shock, habían conseguido arrancarle un par de palabras: “la cueva… se los ha tragado”. Los hombres del pueblo habían llegado a la conclusión de que se debía de haber producido un derrumbamiento y los pequeños se habían quedado atrapados. Fue así, como se pertrecharon de antorchas, picos y palas. Existía la posibilidad de que se hubieran quedado atrapados en algún recoveco y esto significaba que cada minuto que pasaba era un minuto menos de oxígeno.
Rubén, el padre de Guille, un joven de 28 años; y Rafael, el padre de Rafa, de 31, dieron la orden de partir cuando todos estuvieron listos. Encabezaban el grupo marcando un ritmo frenético. A escasos metros les seguía Julián, el “alcalde” de El Cruce. Era un hombre robusto de 45 años al que le empezaban a salir canas en su rubia barba. Le acompañaba su hijo Daniel, de diecisiete años. Daniel se sentía emocionado. Cuando su padre se enteró de los hechos le lanzó una mirada significativa para que se preparara. “Por fin empieza a tratarme como a un hombre”, pensó orgulloso. El resto del grupo estaba formado por los tíos de los niños y algunos vecinos del pueblo. Cerrando el grupo iba Alfredo, el padre del pequeño Tomas. Alfredo estaba preocupado por el estado en el que había encontrado a su hijo. Conocía bien a su hijo y sabía que, pese a su tierna edad, no era fácil de asustar. No creía que un derrumbamiento lo pudiera dejar en ese estado y temía encontrarse algo diferente a un derrumbe. Por esto, antes de partir, se equipó con su cuchillo de caza (por si acaso).
Finalmente, tras una agotadora caminata, llegaron a la entrada de la vieja mina, y, sin mediar palabra, se introdujeron dentro. No había polvo en el ambiente, al menos en la parte inicial de la mina, lo que sorprendió a la mayoría. Si no se trataba de un derrumbamiento, ¿de qué se podría tratar?
Avanzaron unos 300 metros hasta que, de repente, Rafael se detuvo provocando la parada de todo el grupo. Se giró y pidió silencio a todos. Agudizaron el oído en busca de lo que sea que hubiera podido detectar Rafael. Daniel empezó a oír un ligero murmullo. Era un casi imperceptible gemido que procedía de algún lugar cercano. Se giró hacia su derecha y se percató de la existencia de una pequeña grieta que había en la pared de la cueva. Rafael también había visto la grieta y se acercó rápidamente a ella. Asomó la cabeza y encontró lo que estaba buscando. Ahí estaba el pequeño Rafa, hecho un ovillo y temblando de miedo completamente aterrado.
—¡Nene! ¿¡Nene soy yo, estás bien!? —preguntó Rafael claramente preocupado.
—¿Papá? —respondió una voz temblorosa.
—¡Sí! Soy yo. ¿Puedes salir? ¡Ven aquí, corre! —Rafael introdujo el brazo dentro de la grieta. Brazo al cual Rafa se aferró para salir.
Rafa salió y se abrazó con todas sus fuerzas a su padre. Parecía que se estuviera agarrando a su propia vida. Mientras tanto, Rubén se abrió camino hacia la grieta empujando a padre e hijo.
—No está… —dijo en un suspiro con la mirada perdida—. ¿Dónde está mi hijo?
Pero Rafa no dijo nada. Señalo con su brazo hacia las profundidades de la mina. Ni siquiera se atrevió a mirar.
—Muy bien Rafa, vamos a por tu amigo —le propuso Rafael.
—¡No! —Rafa se soltó repentinamente de su padre y retrocedió varios pasos. Tenía la cara llena de churretes provocados por el polvo de la mina y sus lágrimas, pero su gesto era claro. La idea de volver al lugar donde se encontrara Guille era algo a lo que el pequeño no estaba dispuesto.
—Rafael —dijo Julián manteniendo un tono de tranquilidad—. ¿Por qué no nos esperáis tu hijo y tú fuera? Esta mina es muy antigua y apenas tiene calles, lo podremos encontrar solos.
Rafael asintió y se fue con su hijo cogido en brazos. Alfredo cruzó una mirada con Rubén. Ahora estaba seguro de no ser el único que no creía que fuese un derrumbamiento lo que estuviese detrás de todo.
Los hombres volvieron a reanudar la marcha y se lanzaron a la búsqueda de Guille. El corazón de Daniel latía con fuerza y sentía miedo. Miró a su alrededor y vio algo sorprendente en la cara del resto de los hombres. Todos estaban tranquilos y parecían seguros de si mismos. Algo muy diferente a lo que su cara debía expresar. Pensó que quizás era todavía un chiquillo. Fue en ese instante cuando al tomar una curva descubrieron algo para lo que ninguno de los presentes estaba preparado.
Habían llegado al fin del camino. Frente a ellos el camino se ensanchaba formando un círculo de unos veinte metros de diámetro y cuatro de altura. En el centro de la estancia descansaba algo monstruoso. Se trataba de una especie de insecto gigante. Era como un ciempiés de cinco metros de largo. Sin embargo, a diferencia que los insectos, su cuerpo era carnoso, de un color blanquecino, y sudaba una extraña sustancia gelatinosa. Su abdomen estaba desproporcionadamente hinchado, como si acabara de darse un banquete. Su cuello tenía una longitud de medio metro de largo y ancho como el brazo de un hombre, aunque daba la sensación de ser extremadamente flexible. Al final de este se encontraba la cabeza del monstruo. Del centro de esta surgió repentinamente un único ojo rojo gigante qué miró fijamente a Daniel.
Todos los hombres se quedaron petrificados, algunos miraban al ojo, otros al estómago de la bestia. Daniel no quería ni imaginarlo pero era evidente, habían encontrado a Guille.
Daniel empezó a notar como la espalda de Rubén, que se encontraba justo delante de él, se ensanchaba y se encogía. Estaba respirando muy fuerte, quizás estuviese sufriendo una crisis de ansiedad. También se fijó en que las venas del puño de Rubén se comenzaban a hinchar. Debía estar apretando el mango de la pala que llevaba con todas sus fuerzas. Y entonces fue cuando sucedió. Rubén se lanzó a la carrera hacia el monstruo levantando una estela de polvo a su paso. Cuando se encontró a menos de tres metros de él se impulsó y realizó el mayor salto que Daniel había contemplado en su vida. Durante un instante, Daniel incluso llegó a pensar que Rubén iba a tocar el techo de la cueva, pero no fue así. El cuerpo de Rubén y la pala de éste se arquearon formando una “C” en el cielo y tras un segundo en el que pareció estar suspendido en el aire lanzó un grito desgarrador y descargó con todas sus fuerzas un palazo en la cabeza del monstruo. El golpe había sido crítico. La cabeza de la cosa, o lo que quedó de ella, había acabado entre el suelo y la pala. El golpe provocó una pequeña onda expansiva de polvo, sangre y vísceras. Si el golpe hubiera sido lateral y no hubiera encontrado la resistencia del suelo, Rubén le habría arrancado la cabeza de cuajo.
El monstruo había muerto instantáneamente pero para Rubén el combate no había hecho mas que empezar. Continuó golpeando sin compasión. Si Rubén no hubiera estado envenenado por las ansias de venganza, posiblemente no hubiera podido seguir golpeando al monstruo, ya que en el primer golpe se había autoprovocado un desgarro muscular. Esta lesión le acompañaría en forma de dolor invernal por el resto de sus días.
Rubén siguió golpeando durante unos segundos más hasta que Julián se acercó a él y le posó la mano en el hombro. Rubén no se inmutó y lanzó un par de golpes más. Su rostro y torso estaban empapados de sangre y su mirada carecía de humanidad. Finalmente, cesó los golpes, dejo caer la pala al suelo, y se desplomó cayendo de rodillas convirtiéndose en un agrio lamento.
Daniel y el resto de los hombres, que seguían inmóviles, empezaron a pestañear. Daniel podía escuchar los latidos de su propio corazón. Por su parte, Alfredo dirigió la mirada del desconsolado Rubén al estómago de la cosa, no sabía qué hacer, ni qué decir. Entonces fue cuando Rubén dejó de gimotear se volvió a poner en pié. Sin girarse le habló.
—¡Alfredo! —dijo en un tono firme—. Pásame tu cuchillo. —Alfredo se miró al cinto y redescubrió el gran cuchillo de caza que llevaba encima.
—Rubén que vas a… —empezó a preguntar Julián
—Voy a recuperar a mi hijo y lo voy a enterrar como está mandado.
El gesto de Rubén era desafiante. Acababa de perder a su primogénito y no tenía pensado aceptar que nadie cuestionara sus actos.
Así fue como Rubén rajó la tripa de la bestia. Al cabo de unos instantes dio con el cuerpo de un niño. Estaba cubierto de pequeñas heridas y ampollas, seguramente provocadas por los ácidos líquidos estomacales del monstruo. Rubén sacó con suma delicadeza el cuerpo de su hijo. ¡Respiraba!
—¡Guille! ¿Guille, me oyes? —suplicaba entre lágrimas.
Tras unos segundos interminables el pequeño abrió lentamente los ojos y suspiró
—¿Papi?
Todo el mundo lanzó un profundo suspiro. Daniel esbozó una sonrisa y descubrió como una gota de sudor le resbalaba por el rostro. Estaba empapado de sudor y ni siquiera se había dado cuenta. Su corazón empezó a sosegarse. Se fijó en el resto de hombres y le consoló ver que todos tenían su mismo gesto de agradecimiento. Todo había terminado bien.
—Daniel, ven un momento —ordenó el alcalde Julián.
—Voy, padre —Se acercó a su padre el cual estaba arrodillado justo encima de la cabeza del monstruo.
—¿Qué piensas de esto? —dijo Julián señalando los restos de la cabeza de la cosa. Daniel ahogo una arcada y se obligó a no apartar la mirada. Fue entonces cuando vio un extraño objeto. Un pequeño trozo de madera del que, mediante un pequeño hilo rojo, colgaban tres perlas negras y una especie de diamante fucsia del tamaño de un durazno.
—¡Diosas! Creí que eran cuentos de viejas.
—Yo también… Guárdalo en tu fajín. Mañana al amanecer saldremos hacia Flechaplateada.
—¡Sí, padre! —¡La capital del reino! El corazón de Daniel volvió a acelerarse.
—Julián, ¿qué vamos a hacer con…? —empezó a preguntar Alfredo refiriéndose al monstruo.
—¡Quemadlo! Que no queden ni las cenizas.
Todos asintieron en silencio aprobando la decisión, incluido Guille.
Espero vuestras críticas.

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