Mi primera clase de spinning.

Estaba estirándome en la cama el domingo en la mañana cuando Sandra me preguntó: ¿por qué no vienes al spinning conmigo? Había dormido bien y me provocaba sudar un poco, así que decidí acompañarla. Ella me advirtió que la clase sería fuerte para un principante como yo, pero me reí en su cara y le dije que sería un paseíllo para mí.

-Tu clasecita de spinning me va a servir de calistenia antes de hacer mi rutina en el gimnasio -le dije, y ella apenas sonrió.

Confiado en mi buena condición física, me puse ropa deportiva y anteojos oscuros y, cargando una botella grande de agua, me dirigí al gimnasio dispuesto a estrenarme en la moda universal del spinning, un ejercicio que miles de mujeres y algunos hombres, subidos en sus bicicletas estáticas y pedaleando frenéticamente al ritmo de una música demencial, practican con una especie de devoción religiosa y celo fanático. Esto lo tenía muy claro antes de subirme a la bicicleta: el spinning no es un ejercicio más, es una secta peligrosa a la que no cualquiera puede pertenecer.

-Si te cansas y no puedes seguir, dejas de pedalear y te bajas de la bicicleta -me dijo Sandra cuando entramos al gimnasio.

-No me hagas reír, por favor- le dije, con una sonrisa arrogante. -Yo he jugado fútbol de chico, corro todos los días, mis piernas están entrenadas, ¿tu crees que no voy a poder montar bicicleta una horita?

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